Narra: Norman Reedus.
El cuerpo de la chica se desplomó ante mis ojos, dentro de
la oscuridad pude apreciar que no era tan peligrosa… apenas tenía altura y su
contextura no era tan gruesa como esperaba. Escuché los gritos de otra chica
abajo, de seguro mi compañero había encontrado otra intrusa, así que tomé el
cuerpo como pude y salí de esa habitación tan rebuscada.
La llevé hasta una sala que no parecía tan sofisticada y con
una cuerda que traía la amarré a un pilar de fierro de uno de los estantes que
tenía pilas y pilas de cajas con quien sabe que cosas en su interior. No se
movía y eso me mantuvo tranquilo para poder bajar y ver el escándalo que tenía
Roger con nuestra otra invitada.
Desde lejos observé a una chica de cabello tinto lanzar todo
lo que encontraba a mi compañero que la perseguía rodeando en escritorio, era
gracioso… pero no podía dejar que esto continuara, así que tomé cartas en el
asunto.
—
¿Tienes problemas? – dije irónico mientras me
acercaba.
—
Esta chiquilla me está dando problemas – rió
Roger quejoso.
—
¿Quién eres tú? – gritó horrorizada la mujer.
—
Vamos, no te hagas la difícil, ya tengo a tu
amiga inconciente allá arriba – sonreí perverso.
Su cara se desfiguró completamente y supe que el miedo la
devoró como una frágil presa. Roger caminó de un lado y yo del otro, entre
ambos le agarramos un brazo cada uno, el problema es que no dejaba de moverse y
eso complicaba más las cosas, la noqueé golpeando su nuca tal como lo hice con
su amiga y fue fácil llevarla arriba. La amarramos y revisamos sus cosas
mientras ambas dormían.
—
Parece que saben de agujas y esas cosas – dijo
Roger con un bolso entre sus manos.
—
¿Serán doctoras?
—
Tal vez… al menos una de ellas, la otra tenía un
celular sin batería y documentos de empresas…
—
Quizá nos puedan servir para llevarnos a un
lugar mejor que este – sonreí mirándolas.
Roger sonrió y se sentó en una
silla frente a las chicas mientras yo revisaba los bolsos que traían. Gran
cantidad de armas, dos pares de juegos de llaves contundentes que llamaron mi
atención… Tal vez traían vehículos, pero… ¿Cómo
demonios entraron?
Mirando bien a ambas mujeres me
parecían bastantes familiares de algún lado, la pelirroja tal vez haya salido
en televisión, la otra mujer puede que la haya visto alguna vez en el
periódico. Mi memoria desde que todo esto comenzó ha fallado bastante, pero no
me voy a dejar ver frágil, mis 7 años en el cuerpo de policía deben servir de
algo.
Revisamos las armas con
cuidado, dejamos sobre la mesa que allí había una katana que traían, dos juegos
de escopetas y una gran variedad de armas pequeñas, además de hachas que nos
vendrían bien para largarnos de aquí.
Ya eran cerca de las cinco (creo) cuando comenzaron a despertarse.
Roger me miró alerta, se puso su mascarilla antigas y se levantó para ponerse
junto a mí; fruncí el seño y lo imité con la mascarilla, tomé un arma y
esperamos… como dos ancianos al ver el
atardecer.
La de cabellos rojos pasión
abrió sus ojos lentamente mientras echó la cabeza hacia atrás y chocó contra el
pilar de hierro, aún seguía un poco aturdida e intentó zafar sus manos, pero no
pudo: estaban atadas a su espalda. Nos
vio y se sintió acorralada, se fijó en su amiga y la movió con el codo, no
obteniendo respuestas.
Nosotros manteníamos la calma
como dos profesionales, observando en silencio cada uno de sus movimientos,
como si pudiéramos descifrar lo que estaban pensando. Al menos hasta que la
chica comenzó a observarnos fijamente, haciendo que Roger se sintiera incómodo;
la otra chica despertó asustada chillando como una porrista en una orgía.
—
Demonios – reí tapando uno de mis oídos
- ¡Cállate! – grité.
—
¿Quiénes son
ustedes? – preguntó mi primera victima.
—
Nosotros
debemos preguntarles eso – acotó Roger.
—
Den la cara,
maricas – dijo la chica cuando acabó de gritar.
Miré a Roger una vez más y reí.
¿Maricas? ¿Hablaba en serio? Me quité la mascarilla para darle el gusto y se la
lancé a la cara, Roger hizo lo mismo. Me incliné delante de ambas y entrecerré
mis ojos para mirarlas mejor y darles temor.
Con la pelirroja intercambiamos
miradas fuertes, era un desafío, menos mal que la noqueé antes que a su amiga,
nos hubiera dado varios problemas.
—
¿Qué quieren
de nosotras? – dijo la otra.
—
¿Qué hacían
aquí? ¿Cómo entraron? – preguntó Roger.
—
Mi padre
trabajaba aquí – se dignó a hablar mientras seguía mirándome.
—
¿Tu… padre? – me asombré.
Asintió lentamente mientras
apretaba sus labios, miré a mi compañero rápidamente asombrado, él se aproximó
y la tomó del cuello de su campera de cuero y la miró enfurecido.
—
¿Tu padre es
el culpable de esto? – le gritó.
—
¡Oye, suéltala! – gritó su amiga.
—
Roger,
cálmate – lo empujé.
—
¡¿Qué mierda
te sucede?! – gritó la chica frunciendo el seño.
Roger actuaba así porque el
virus afectó a su familia y tuvo que eliminarlos a todos. Su reacción era
comprensible, pero siendo sincero… ella no tenía la culpa, pero sabía que la
conocía de alguna parte, lo sabía.
—
¿Cómo se
llaman chicas? – dije sin más.
—
¿Para que quieres saberlo?
—
¿Para poner
nuestros nombres en nuestras tumbas? – rió la de ojos cambiados.
—
Para saber
sus nombres, si se siguen comportando así tendré que matarlas o abandonarlas
aquí – reí.
—
Pues hazlo,
nos las arreglaremos – dijo soberbia la pequeña.
—
Nixie,
cállate de una vez – la recriminó la otra.
—
¿Nixie…Bauer,
no? – levanté las cejas - ¿Y tú linda, cómo te llamas?
—
Lu Sullivan
– dijo harta – ¿Ustedes quienes demonios son?
—
Roger Stones
– apunté al hombre – Norman Reedus, ambos somos policías, vinimos aquí para
buscar una cura o algo, nos encontramos con ustedes – dije irónico.
Se miraron entre ellas como
pensando algo, ni idea qué. Nos mantuvimos charlando un buen rato para
conocernos mejor… una estudiante de medicina y una secretaria empresarial. Sus
ojos cautivaban mi mirada, tenía un ojo verde y otro celeste claro, eran
hermosos colores que combinaban con su cabello tan arreglado pese a la
complicada situación.
Roger se paseaba complicado y
molesto, a toda costa quería acabar con la chica que no tenía culpa de nada; él
es impulsivo y estoy seguro que estaba pensando en una idiotez que pronto
cometería.
Pasamos la noche allí,
vigilándolas en el silencio de la oscuridad, no las soltamos… se veían
peligrosas y no podíamos arriesgarnos ante nada.
Me adentré en las otras
oficinas en donde habían cosas de interés como observaciones a cierta formula
que estaba en investigación, tal vez eso era lo causante del desastre. Lo llevé
hasta donde estaban los tres y comencé a leerlo para mí mismo.
—
Oye Bauer…
—
¿Qué
quieres? – dijo repulsivamente.
—
Tranquila,
no voy a dañarte – la miré de reojo.
—
Entonces no
me jodas.
—
¿Sabes que
era lo que estaban haciendo aquí exactamente…?
Guardó silencio y eso me dio
para pensar. Roger se había dormido y su amiga también, podíamos mantener una
conversación tranquila si las cosas no comenzaban a alterarse, pensé en
desatarla… pero viendo la cantidad de cosas que habían conseguido era seguro
que me atacaría.
Seguí leyendo los papeles, me
cuestionaba muchas cosas al enterarme que el gobierno estaba poyando estos experimentos
que se salieron de control, hacían pruebas que no tenían sentido. Mezclaron
genes, enfermedades que no lograba comprender… y la chica no me respondía
absolutamente nada.
—
¿Hay cura
para esta cosa al menos? – susurré.
—
No lo sé…
—
Debes
saberlo, tu padre jugaba en esta casita – dije molesto.
—
Tú lo
dijiste. Mi padre… no yo – achicó sus ojos.
Respiré profundo para no perder
la paciencia.
Unos ruidos sonaron abajo,
ambos miramos la puerta y los chicos seguían dormidos. Sería el colmo que esas
cosas hayan entrado por algún lugar… tal vez estas mujeres se descuidaron y
dejaron una puerta abierta, dándoles pase libre a los zombies.
—
Desátame,
puedo ayudarte – me miro con piedad.
—
Claro y
luego me matas – sonreí.
—
No si
confías en mí.
Pensé, rápido y como un estúpido.
Los ruidos sonaban más cerca y ya no había hora para pensar una estrategia o
algo.
Tomé el cuchillo y caminé hasta
ella, mi mejilla quedó en su oreja y sonreí, no sé porque lo hice, pero sonreí;
rompí su amarra y se levantó tomando la katana que estaba sobre el escritorio,
me dio un hacha y asintió. Llevar armas sería hacer ruido… por ende vendrían
más y Roger despertaría de malas.
Bajamos con cuidado, la dejé ir
primero, no quería arriesgar mi espalda y terminar desangrándome en las
escaleras, además podría ver sus habilidades y entender porque había venido
aquí.
Cuatro cuerpos deambulaban por
el pasillo principal, era largo y brillante, las luces podían cegarte.
—
Tú los de la
derecha, yo por la izquierda – me miró hacia atrás.
—
Bien… si
necesitas ayuda, dime – sonreí.
Corrió, mató los que indicó y
yo me vi lento haciendo el trabajo con el hacha… las armas eran lo mío, no
estas cosas para bomberos. Sonrió al verme allí lento como una abuelita, me
sentí idiota frente a una chica sin capacitación…
—
Pensé que
eras bueno – rió.
—
Pensé que
eras estudiante de medicina, no Ninja – dije molesto.
Sonrió de costado y caminó
nuevamente a las escaleras. La seguí de cerca y observé sus movimientos, se
detuvo antes de ingresar al cuarto, me miró fijo.
—
¿Qué pasa…?
—
No me dijiste
como estaban las cosas en la ciudad… ¿hay mucho caos? – susurró complicada.
—
¿Por qué?
—
No quiero
quedarme aquí, pensaba que ustedes se podrían quedar con la chica y yo
marcharme sin dejar rastro – dijo decidida.
—
¿Abandonarás
a tu amiga? – me asombré.
—
Ella no es
mi amiga- aclaró molesta.
Sus ojos celestes me
molestaban, su rostro reflejaba molestia obvia… pero no comprendía su
situación. La tomé del brazo con fuerza y ella quiso empujarme, la llevé
adentro y cerré la puerta con seguro.
—
Te quedas.
—
No eres
quien para darme ordenes – volvió a encoger sus ojos.
—
¿Qué sucede?
– se levantó Roger rápido, la sujetó de su brazo.
—
Suéltame –
le dijo seria, girándose.
—
¿Por qué
está libre? – me miró.
Ya no sabía que hacer, las
chicas podrían sernos útiles, pero había una soberbia que no me gustaba, Roger
estaba irritado y eso implicaba problemas en su totalidad. Le pedí que volviera
a atarla, hizo un escándalo terrible logrando despertar a su amiga, lancé su
arma con las otras y volví a sentarme para pensar en que hacer ahora…
Roger me miraba molesto,
haberla soltado para aquella estupidez nos hubiera costado la vida, agradezco
que sea pequeña, apenas le llegaba al hombro de Roger… su otra amiga era tal
vez más alta y podría ser una amenaza, pero se mantuvo al margen, aunque
después de que despertó nos observaba en silencio… molesta.
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