Narra: Lu Sullivan.
El día ya parecía trillado, cotidiano y algo aburrido.
Papeleo por todas partes, elaborar documentos para mi jefe y entregárselos al
cartero, a Martha y al resto del personal que se encargaba de repartirlo a
quien correspondía; me gustaba ser responsable, pero a veces tenía momentos en
que me fastidiaba.
Era martes. El frío entraba por la ventana de Julián, a él
le encantaba el frío de la mañana, a mi me hacía tiritar, pero no me quejaba,
él sabía de mi relación con el jefe… cualquier mala jugada y estaría frita.
—
Buenos días – dijo una bella joven.
—
Buenos días, ¿en qué puedo ayudarle?
—
Tengo cita con Chris Hemsworth, soy publicista
de ANON Inc. – sonreía.
—
Claro, tome asiento unos minutos mientras le
aviso al señor Hemsworth de su presencia – sonreí.
Asintió amable. Ser afable me costaba cada vez más. Ver
entrar a mujeres lindas a esa oficina me hacía cuestionar cada segundo que
permanecía sentada tras este escritorio, y por mucho que quisiera que las cosas
fueran de otra manera no podía reclamar, me gustaba que todo estuviese pasando
y de la forma en que estaba pasando, me hacía sentir poderosa, mala, pecadora…
Pasaron unos cuarenta minutos para que aquella mujer de ojos
turquesa volviera aparecer frente a mí agradeciendo el trato por mi parte y se
marchó, haciéndome suspirar y esperar el llamado desde la oficina a la cual
resguardo por más de diez horas al día.
—
Sullivan,
¿puedes venir un momento?
“Ahí voy” susurré para mis adentros cuando me puse de pie
sonriendo discreta, viendo como todos en la oficina trabajaban, como se
quemaban los dedos tecleando, llamando, buscando documentos para los clientes.
Imponente, pero respetuosa ingresé a la oficina privada, él
me miró por sobre sus gafas y luego siguió escribiendo. Me acerqué a él con
lentitud, moviendo mis caderas a un lento compás hasta llegar frente a su
escritorio y levantar mis cejas, amable, como siempre.
—
¿Qué desea, jefe? – dije lentamente.
—
Tú sabes para que te llamo…
—
No tengo la menor idea para qué pidió mi
presencia – dije seria, sin más.
—
Quiero un café con dos de azúcar, no muy cargado
por favor… la última vez que lo trajiste excediste con el café negro – sonrió
coqueto.
—
Te gusta el café cargado – sonreí.
—
Hoy no…
Atracó su espalda contra el respaldo de su cómoda y negra
silla ejecutiva, bordeé el escritorio y puse mis manos en sus hombros para
masajearle la espalda, él estaba agotado, lo sabía.
—
¿Qué ha pasado con esa mujer? – le pregunté.
—
Tenemos problemas con el marketing, ANON Inc.,
ha estado pendiente de nuestras finanzas a lo largo de nuestro convenio con la
empresa de las multitiendas… y las bajas han sido notorias – se tocó la
barbilla preocupado.
—
¿Eso
significa que…?
—
Nos están ofreciendo salvavidas, más publicidad
a cambio de un porcentaje en las ganancias – me miró de costado.
Llevo años trabajando con el importante Christopher
Hemsworth, lo conozco casi tan bien como él mismo, y claro está que a él no le
gusta correr riesgos ni mucho menos depender de nadie. Donar cierto porcentaje
a otra compañía era como perder su independencia, mucho más, asumir la caída de
GREAT MOBILE, la más importante compañía de telefonía celular de Inglaterra. No
me quedaba otra cosa más que hacer, que fuera consolarlo, hacer que se
relajara; alivianar su estrés de una manera sutil.
Él tomó mi mano con una calidez reconocible, hizo que me
sentara sobre sus muslos tal como lo hace Papa Noel con los pequeños y acarició
mis desnudas piernas. Me gustaba que lo hiciera, me encantaba verlo tan
intelectual con esas gafas, con esa corbata y ese traje negro que lo hacía
lucir tan importante y sensual. Comenzó a besar mi cuello fogosamente, mientras
yo acariciaba sus cabellos; poco a poco subió a mi boca y comenzamos a
excitarnos a gran velocidad, lo cual no era nada bueno… la puerta no estaba
asegurada.
Y cómo era de esperarse, tocaron a la puerta. Rápidamente él
me soltó, yo me puse de pie y arreglé mi blusa mientras él se quitaba el lápiz
labial de su boca.
— ¿Interrumpo algo? – rió Liam, su pequeño
hermano.
—
¡Maldito granuja! – rió bajo Chris al relajarse.
Entró sonriendo como era costumbre en él, con una mochila,
de seguro venía de la universidad que quedaba al otro lado de la ciudad. Liam
era una de las pocas personas que estaba enterado de lo mío con Chris, entonces
para él era una gracia interrumpir cualquier cosa que tal vez siquiera estaba
ocurriendo.
Me arreglé bien y luego de saludarlo los dejé solos, debía
haber un buen motivo para que Liam cruzara todo Londres para venir hasta donde
su hermano e irrumpir en su oficina cuando él debía estar dando exámenes en la
universidad. Volví a mi escritorio a acabar con papeleo sin mucha importancia.
Pasaron
casi dos horas, en los que escuché gritos por parte de mi jefe y Liam salió
sonriendo como niño haciendo una travesura, se despidió de mí cariñoso como
siempre y se marchó. De seguro le traía malas noticias pero le gustaba hacer
enojar a su hermano mayor, no sé que gracia le hacía, Chris era terrible cuando
se enfadaba.
Preferí
dejarlo solo y seguir atendiendo mis asuntos. Salió para hablar con Wladimir
sobre unos cheques y caminó nuevamente a su oficina, antes de entrar me sonrió
y guiñó un ojo, lo que me hizo sentir bien, al menos hasta el horario de
salida.
Tomé
mis cosas, entré donde Chris y le dije que ya me iba, se puso de pie y tomó mi
rostro con fuerza para besarme con pasión, abría su boca de tal manera que me
volvía loca, me daban ganas de quedarme a trabajar un rato más, pero debía
irme.
—
Te veo mañana bombón – susurró en mis labios.
—
Aquí estaré querido – sonreí saboreándome los labios.
—
Más te vale… o te
despido – rió.
Eso me hizo reír; volví a besarlo y me marché. En un grito
me despedí de los pocos que seguían trabajando y bajé al estacionamiento para
llevarme mi auto a casa tras una larga jornada de soportar la fea cara de
Julián, el hablador de la oficina.
El tráfico se puso feo a las afueras de la avenida Brown,
tuve que tomar un desvío que me llevó hasta la colina Lahm, en donde tuve que
por obviedad detenerme y pedir una rica comida campestre para comer en casa,
con mi perra Alice.
Patrañas, cambié la emisora y una buena música pop cautivó mis oídos y me hizo cantar hasta estacionar el auto afuera del edificio en donde vivía. Tomé las bolsas y subí las infernales escaleras que mantenían en forma mis piernas, introduje las llaves en la cerradura y una lengua masajeó mis pantorrillas, era mi pequeña Alice.
—
Hola mi amor,
traje algo para ti – sonreí.
Sí,
parecía loca hablándole de tal manera a un perro, pero era la única que me
esperaba en casa, la única que se ponía feliz al verme llegar… la única que
estaba conmigo en las noches.
Puse algo de música mientras la comida se calentaba otro
poco en la cocina y me quité la ropa para ponerme cómoda, acaricié a mi pequeña
Alice y serví la comida, dejé algo en el plato del perro y me senté a la mesa
para disfrutar de las delicias que había comprado.
Revisé las cartas que habían dejado esta tarde y no había
nada interesante. Lavé los platos que utilicé, dejé todo en orden y me senté en
el sofá en pijamas a leer un libro con una música soul de fondo, para relajarme
un poco. Pero no pude porque tocaron el timbre justo cuando ya estaba logrando
meterme en la trama del libro.
—
Quien será a estas
horas…
Miré
el reloj, ya eran casi las diez. Me extrañaba mucho que alguien apareciera en
mi departamento, más aún cuando al abrir la puerta me encontré con mi cuñado…
—
Buenas noches – reía, siempre reía.
—
¿Liam…? ¿Qué estás haciendo aquí? – me asombré.
—
Tengo que hacerte unas preguntas ¿estás ocupada? Si te
molesta puedo volver otro día…
—
No, pasa.
Tomó asiento junto a mi libro,
lo tomó y le echó una ojeada, sonrió otra vez y dijo que era un gran libro,
aunque no le gustasen las letras, al menos no mucho. Me senté junto a él y
frunció el seño un segundo mientras pensaba lo que quería decirme. Su presencia
aquí se debía más que nada para saber si su hermano hoy había echo un
comentario extraño o si había actuado de mala manera luego de su visita en la
oficina, al parecer el asunto que había entre ellos era algo más allá de los
errores que solía cometer este niño, parecía algo serio.
—
Me conformo con ello – me miró.
—
¿Alguna otra cosa en la que pueda ayudarte?
—
Hay un asunto… en el que podrías darme tu opinión como
mujer – dijo misterioso, pensativo.
—
Pues habla – reí.
—
Hay una chica… que, ya sabes, bueno… El tema es que…
El
timbre volvió a sonar antes de que el sujeto acabase de hablar, me levanté y
asistí la puerta, era Martha, una amiga y compañera de trabajo, que se asombró
bastante al ver en mi sofá al hermano de nuestro jefe, lo que incomodó al chico
e hizo que se levantara, tomase su mochila y se despidiera.
—
Acabamos de charlar otro día Lu, cuídate – sonrió algo
incómodo.
—
Nos vemos – lo vi marcharse.
Martha quedó con la boca
abierta allí parada fuera de mi departamento, la hice pasar y soltó un grito de
asombro que me dejó descolocada, no entendía su entusiasmo.
—
¿Ese era Liam Hemsworth? – gritó como una niña.
—
Si…
—
¿Estás saliendo con el hermano de nuestro jefe? – volvió a
gritar.
—
¿Qué? – me horroricé – ¡No! Estás loca – abrí grande mis
ojos.
—
¿Y qué
estaba haciendo él aquí? – insinuó algo.
—
Vino a
traerme unas cosas que mando Chris, ya sabes como es de descuidado, siempre
olvida darme las cosas en la oficina – mentí sonriendo con cautela.
Sé que no quedó conforme con la
respuesta que le había entregado, pero no se me ocurría nada más para decir, si
demoraba mucho sería obvio que estaba mintiendo, la improvisación a veces es
nuestra mejor opción y esta no era la excepción.
El caso es que Martha se hizo
presente porque tuvo problemas con su marido, discutieron de una manera poco
agradable y decidió pasar la noche afuera para asustarlo un poco, el problema
es que no encontró nada mejor que venir a mi casa y pedirme albergue al menos
por esta noche, espacio que no tengo…
—
Ay Martha…
—
Lo lamento, pero ya sabes como es William, te lo pido como
amiga Lu, por favor – suplicó.
—
Está bien, dormirás conmigo esta noche, pero no te pongas
exigente eh – levanté las cejas.
—
¡¡Gracias amiga!! Eres la mejor – me abrazó con fuerza.
—
Lo sé – sonreí – Pero debo pedirte algo a cambio.
—
Lo que quieras.
—
Tú nunca viste al hermano de Hemsworth aquí en mi
departamento… NUNCA – susurré.
—
Ay… ya estas con tus secretitos – rió – Descuida, no le
diré a nadie.
—
Eso espero – sonreí poco convencida.
Las
mujeres son chismosas, más aún las que ya están un poco viejas, les encanta
andar por ahí esparciendo comentarios de los que siquiera están seguras que así
pasaron; el problema es que aquello puede afectar a otros de una manera más
fea, como podría ser mi caso. Chris no debía saber que su hermano me visitó,
mucho menos para preguntar por él.
Con
Martha nos tomamos unos cafés para charlar un poco y luego irnos a dormir, ella
por un lado de mi cama y yo por el otro, eran cerca de las doce.
Sonó
el despertador, me duché y me vestí con el traje ajustado que hacía lucir mis
piernas, arreglé mi cabello color tinto y me maquillé simple, el maquillaje
hacía resaltar mis ojos, uno gris y otro verde, a la gente le asustaba eso, a
mi me encantaba.
—
¿Martha? – grité mientras me comía unas tostadas en la cocina.
—
Ya estoy lista – apareció sonriente.
—
Vámonos – moví la cabeza.
Asintió
y salimos del departamento, le dejé comida y agua a Alice, cerré con llave y
bajamos para abordar el deportivo que nos llevaría hasta la compañía.
Cuando
el reloj marcaba las 07:55 nos acomodamos en nuestras correspondientes oficinas
mientras llegaba el resto del personal. Comencé a laborar hasta que mis ojos
fueron desviados a una masculina figura que ingresó en el piso, con su oscuro
maletín y una corbata celeste que combinaba con sus ojos; caminaba imponente,
sin mirar a nadie, sin hablarle a nadie, hasta que se aproximó a mí y sonrió de
costado, encogiendo sus ojos azules y levantando las cejas.
—
Buenos días Lu – dijo al pasar junto a mí.
—
Buenos días señor Hemsworth – sonreí cautelosa.
Entró
en su oficina luego de mirarme atento, él sabía que eso lograba en mí una
reacción especial. Mi piel se erizaba, lograba que mordiera mi labio inferior,
cumplía con el hecho de que en mi mente la fantasía Jefe-Secretaria cobrara una
fuerza extraordinaria. No podía quejarme de ello, eso se hacía realidad casi
todos los días, el problema era mantener las apariencias, ya que cualquiera
podría arruinar todo si se llegasen a enterar.
—
Lu, tráeme los
estados de cuentas del último lote y un café, por favor…
—
Si señor – respondí por aquel aparato.
Me
puse de pie tras tomar los papeles, y preparar el café que el jefe había
pedido. Julián a la lejanía encogía sus ojos sabiendo que esos cafés no eran
más que unas excusas para que la secretaria perdiera tiempo en la oficina del
jefe… trabajando de una manera no apropiada, la que no incluía el contrato.
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