Narra: Lu Sullivan.
La noche había llegado de la
peor manera, nunca en mi vida había tenido tanto miedo al dormirme, de hecho ni
siquiera quería cerrar los ojos. Podía sentir que en plena noche alguno de esos
cuerpos inertes atravesaría la puerta y se nos lanzaría encima para devorarnos…
de verdad tenía miedo.
Apenas había podido digerir la
comida que la chica había encontrado quien sabe donde, y aún poseía esa rara
sensación dentro de mí, tanto en mi estómago como en todo mi cuerpo. Era como
un leve temblor que de seguro era por el miedo, además de el frío que comenzaba
a hacer por la ida de la luz solar; para ser sincera no sé como podré soportar
todo esto.
—
Necesito tomar aire – dije en un susurro.
—
¿A dónde vas? – me miró de costado sobre un sofá que había
en el cuarto.
—
No me siento del todo bien – levanté las cejas agobiada.
—
Te recomiendo que saques la cabeza por la ventana, no puedo
dejarte salir – dijo con un tono de profesional – Sabes bien lo que hay allá
afuera y no estoy para correr riesgos.
—
Está bien.
Me
resigné y caminé hasta la ventana del cuarto, la abrí con miedo y sentí como la
brisa chocaba con mis mejillas, como movía mis cabellos.
Podía
ver la ciudad de noche, con llamas que captaban mi atención por la luminosidad
que emanaban, de seguro eran coches, o tiendas… o que sé yo. Pero era
terrorífico, aún se escuchaban gritos de gente pidiendo ayuda, también de autos
acelerando y chocando quien sabe qué cosas, también disparos de armas además de
voces salvando a otros. De verdad parecía una película.
Viendo
y escuchando aquellas cosas durante el silencio de la noche, aumentaba mi
esperanza, tal vez podamos salir de esto, más que mal toda enfermedad tiene un
cura, por muy difícil que suene siempre es así.
—
Que lindo panorama – dijo irónica, pero seria
—
¿Crees que podamos salir de esto?
—
Si, siempre se puede – dijo convencida pero sin ganas.
—
Pareciera que esto no te importara en lo absoluto – la
miré.
—
Preocuparse mucho siempre acaba arruinando las cosas, si
tienes ganas de vivir… con eso bastará, no hay que echarse a morir por esto.
Tenemos armas – sonrió.
Eso
me hizo reír un poco, aunque igual no me gustaba su forma de pensar frente a lo
que estábamos viviendo; más que mal era una situación inusual y complicada.
Ella volvió a dormirse y yo
permanecí en la ventana mirando como las estrellas desaparecían al amanecer; el
olor que provenía desde la ciudad me asqueaba pero acabaría por acostumbrarme,
siempre pasa. De todos modos, quería volver a mi casa para buscar a Alice y
traer algo de ropa para cambiarme, odiaba tanto estar vestida con un traje de
dos piezas… debía estar cómoda para ir en busca de Chris y encargarme que
estuviera bien, como lo hacía siempre.
Permanecí inquieta, tenía frío
y no podría estar tranquila hasta saber que todo estaba en orden, al menos con
las personas que más me importaban, que en este caso era mi cuñado, Chris y
claro, mi pequeña perrita. Lo peor de todo es que no podría salir de este hotel
hasta que la chica despertara, sin ella estaba perdida… podrían matarme si
salgo sola, al menos hasta que aprendiera a usar una maldita arma.
Así que esperé… comí una de
esas cosas que la pelirroja había traído, me senté en el suelo alfombrado y
tragué con calma mientras mis nervios volvían a estar serenos y pasivos, para
poder pensar y tomar decisiones con la cabeza clara.
—
¿Cómo dormiste? – dijo una voz.
—
No pude dormir nada.
—
¿Estás lista para irnos? – se puso de pie junto a mí.
—
Creo que si ¿podré darme una ducha? – la miré hacia arriba.
—
Tal vez, no creo que las cañerías estén malas, probaré
primero, luego es tu turno.
—
Está bien.
Partió
al baño y luego de un rato el agua comenzó a escurrir. Tal como lo pensé, el
agua no había sufrido daños. Mientras tanto yo miré sus cosas, su bolso estaba
lleno de medicamentos y jeringas con sustancias, además de parches y otras
cosas que solo había visto en hospitales; tenía un par de libros o
instructivos, no me di cuenta bien de lo que eran. Tenía dos armas y
cigarrillos. En verdad nada ahí parecía extraño, además de los armas, claro.
Volví
a sentarme en la alfombra y ella salió del baño con su cabello húmedo, sus ojos
celestes me miraron sospechosamente.
—
Es tu turno – dijo sin ganas.
—
¿La presión está bien?
Asintió
y me dio una toalla. No dijo nada más, aunque tampoco yo quería que lo hiciera,
era obvio que estaba desconfiando de mí y eso no era bueno…
Entré
al baño y abrí el grifo, lavé mi cabello y me enjaboné bien todo el cuerpo, me
sentía tan sucia que me daba asco, incluso parecía que el olor no desaparecía
aunque frotase mi piel una y otra vez hasta irritarla. Acabé luego de unos
cinco minutos, me sequé rápidamente cuando ya no oía nada, había un silencio
horrible y lo primero que se me vino a la cabeza fue que la chica me había
abandonado. Me vestí rápido, arreglé mi cabello y corté las mangas de mi blusa
para que no me molestaran bajo la chaquetilla.
—
¿Nixie…? – dije al abrir un poco la puerta.
No
obtuve respuestas y eso me puso como loca, abrí de golpe la puerta y me
encontré con una de esas cosas en frente lo que me hizo gritar como una loca y
retroceder hasta chocar con una pared, esa cosa me perseguía con sus manos
extendidas para atraparme.
Antes
de que pudiera tocarme la sangre volvió a saltar a mi rostro, una bala atravesó
su cabeza y nuevamente mi salvadora me miró como diciendo “Deja de hacer
estupideces”. Una vez más le debía la vida y eso no me agradaba.
—
¿Cómo entró esa cosa? – le grité asustada.
—
El hotel se está llenando de ellos, alguien debió pasar la
noche aquí tal como nosotras pero olvidó cerrar la puerta – dijo molesta.
—
¿Estás lista? Será mejor que nos vayamos – me puse de pie.
—
Me parece una idea maravillosa – rió.
Tomó
su bolso y sonrió, tomé el mío y la seguí mientras intentamos hacer el menor
ruido posible, no queríamos lidiar con esas cosas, al menos no aún ya que el
espacio era muy cerrado y no tendríamos hacia donde correr.
Tuvimos
suerte y pudimos llegar al primer piso sin que nada nos pasara, salimos del
hotel más alertas que nunca, apenas había salido el sol y cualquier movimiento
parecía sospechoso y aterrador. Se veían sombras aún corriendo de lado a lado
para escapar de esas cosas, el olor ya no era tan pestilente, ¿Será que me
estaba acostumbrando?
Subimos
a la camioneta y conduje a toda velocidad por la interestatal, quería llegar a
mi departamento y ver si podía rescatar alguna cosa, además de saber si mi
pequeña seguí ahí y con vida.
—
¿A dónde vamos? – gritó cuando se dio cuenta que no era el
camino correcto.
—
Necesito unas cosas, vamos a mi casa – dije ya seria.
Guardó
silencio resignada por primera vez. Eso me hizo sentir mejor, sus gritos no
serían lo mejor para esta situación, así que me vino bien su silencio.
Doblamos
en la esquina que venía y todo parecía estar bien, al menos no existía el mismo
caos que en el centro de la ciudad, había desastres sí, pero no gente huyendo
para todas partes, parecía que todos habían huido de aquí. Estacioné la gran
camioneta fuera de mi edificio y no me atrevía a bajar, pasaron largos minutos
hasta que lo logré.
—
Si quieres quédate en el auto – dije mientras subía las
escaleras.
—
Si vas sola pueden matarte.
—
¿Gracias? – reí.
Sonrió
un poco y llegamos a la puerta de mi departamento que estaba entreabierta. La
empujé con precaución y todo parecía en orden, hasta que sentimos unos gruñidos
provenientes del pasillo que conecta el living con el baño y mi dormitorio.
Perfecto.
—
Que lindo es tu novio – rió ella como para calmar el aire.
—
¿Te gusta? – le seguí el juego.
—
Es diferente al resto, ya veo lo que te trajo hasta él.
Reí y
le di en la cabeza, entramos y no encontramos nada extraño, lo único malo es
que Alice no estaba por ninguna parte, aunque en parte me gustó no haberla
encontrado… prefiero que haya huido a que esas cosas la hubieran devorado aquí
en casa y tuviera que enfrentarme a esa fea imagen.
Fui
al dormitorio y busqué un bolso en donde metí un poco de ropa para cambiarme
durante los días, no siempre iba a usar la misma asquerosidad. Me cambié el
traje que llevaba puesto por unos jeans oscuros y una remera ajustada, tomé una
chaquetilla de cuero y una cinta para el cabello; la chica metió en un bolso
más grande que le facilité sus cosas y comida que sacó de mi cocina, también
llevamos una frazada y una tienda de acampar por si acaso.
—
¿Alguno de tus vecinos tendrá armas o algo que nos sirva? –
me miró desde la cocina.
—
Tal vez el anciano del piso de abajo, era cazador –
recordé.
—
Debe tener buena artillería entonces – sonrió.
—
Quien sabe, vamos a ver.
Asentí
y salimos del departamento sin precaución, en el ambiente no había peligro, al
menos no se notaba. Miramos a todas partes y entramos en el departamento que
estaba muy desordenado y eso nos hizo poner alertas, ella caminó primero como
siempre, para acabar con cualquier cosa que pudiera aparecer, yo la seguía
mientras miraba entre los escombros alguna cosa que pudiera servirnos: nada.
—
¿Dónde tiene las armas? – me miró más calmada.
—
No lo sé, en su dormitorio tal vez…
Suspiró
no conforme y entramos a una habitación que parecía ser dicho dormitorio. Un
olor a putrefacción nos pateó la cara al ingresar y encontrarnos con dos
ancianos destripados sobre la cama matrimonial; cualquier cosa que haya echo
eso los dejó limpios y vacíos. Era una imagen repugnante.
La
chica encontró una escopeta de gran calibre colgada en una de las paredes, yo
revisé los cajones y encontré las municiones, además de una Colt de bolsillo;
muchas pistolas pequeñas había en diversos cajones lo que nos hizo sentir un
poco mejor. Revisamos el departamento lo más que pudimos y hasta un machete nos
llevamos, binoculares y lentes con visión nocturna; el anciano tenía buenas
herramientas que solo ahora podía apreciar.
Salimos
del edificio un poco más confiadas y calmadas, miramos a todas partes y nada
parecía estar fuera de lo normal, siquiera a algunos sobrevivientes vimos… eso
nos pareció bastante extraño.
—
Será mejor que nos vayamos de aquí, esto no pinta para nada
bien…
—
De acuerdo, sube y larguémonos ya – dije nerviosa.
Subimos
a la camioneta, dejamos las cosas en los asientos de atrás y partimos en busca
de una gasolinera para llenar el tanque y unas botellas para el camino,
debíamos asegurarnos de todo, no podíamos cometer errores… no podíamos morir
tan fácil.
El
motor sonaba bien, las calles parecían limpias… al menos hasta que doblamos en
la calle Helmseinn, había un gran grupo de zombies parados sin hacer nada,
rondando sin sentido… lo que claramente me aterró.
—
Mierda…
—
Tranquila, demos la vuelta y busquemos otra ruta – dijo
como para tranquilizarme.
—
Es la única que nos sacará de acá – la miré.
—
Debe ser una broma – me miró disgustada.
—
Lo digo en serio – levanté las cejas - ¿Qué vamos a hacer?
—
Iré yo, tú te quedas aquí…
—
¡No! ¿Estás loca? O vamos ambas o no va ninguna – fruncí el
seño.
—
No hay otra alternativa, mujer.
—
Demos la vuelta, rodeémoslos y si se acercan, los arrollo –
dije como una loca desesperada.
—
¿Estás segura? – rió.
—
Valdrá la pena intentarlo – sonreí no convencida.
—
Bueno, hagámoslo...
Asentí,
dimos la vuelta, pasamos por un callejón y las paredes no dejaban pasar a la
camioneta, un gran ruido se provocó al raspar las puertas con las paredes de
ladrillos; de seguro la pintura se había ido y el sonido atraería esas cosas,
pero era mejor que enfrentarnos a un mar de ellos y no salir vivas ni en sueño.
Comenzaron
a acercarse una cantidad moderada de unos 20 cuerpos, corrían sin coordinación
y con una lentitud que jugaba a nuestro favor. Aceleré y pudimos salir de allí
ilesas, mis nervios volvieron a calmarse hasta volver a la ciudad de la cual
habíamos escapado hace unas pocas horas.
Teníamos
que encontrar una gasolinera lo más pronto posible, el tanque se estaba
quedando vacío y eso no era nada bueno, teníamos que sí o sí llegar al
laboratorio, que estaba al otro lado de la ciudad… Debíamos lograrlo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario