Narra: Lu Sullivan.
Suavemente acariciaba mis piernas, su voz se volvía un leve
susurro entre mis cabellos mientras me abrazaba con fuerza. Le gustaba tanto
sentirme suya, sobre él, piel con piel.
Eran las diez de la mañana y habíamos tenido sexo salvaje en su oficina, permanecíamos
recostados sobre su acolchada alfombra, guardando nuestros gritos para que
nadie escuchase nada; no podíamos cometer errores, al menos no otra vez.
—
Te ves tan hermosa así – besó mi cuello.
—
¿Así como? – reí.
—
Desnuda, como viniste al mundo… el contacto de
nuestros cuerpos se hace único.
Me hacía sonreír, era tan lindo conmigo. En verdad era él lo
que me hacía volver a esta oficina día tras día, mi trabajo en sí era aburrido,
sofocante; pero él me motivaba a que
mirase aquello con otros ojos, con entusiasmo de seguir adelante sin medir
consecuencias.
Él se puso de pie, mostrándome su trasero al levantarse,
verlo así desnudo me provocaba un morbo extraordinario, ver como movía sus
nalgas mientras caminaba a su escritorio me hacía sonreír para mí misma, él
tenía una buena retaguardia, aunque también una buena delantera…
Nos vestimos tranquilamente, hace mucho rato que nadie
golpeaba a la puerta y eso ya era común, si la secretaria no se encontraba en
su escritorio, nadie podía molestar al jefe, absolutamente nadie.
—
¿Te parece si hoy almorzamos juntos? – me miró
atento.
—
Me parece una gran idea… aunque es raro.
—
¿Por qué lo dices?
—
Casi nunca
sales a almorzar conmigo, la última vez que lo hiciste fue para pedirme que
vigilara a tu hermano – reí un poco.
—
Ay, no seas
paranoica Lu, una vez que invite a comer a mi novia no tiene nada de malo –
levantó las cejas.
—
¿Tu novia?
¿Quién dijo que lo era?
—
Pensé que ya
habíamos tenido esta conversación…
—
Ya te dije
que el trabajo no se mezcla con tu vida cotidiana – sonreí irónica.
—
¿Para ti
esto es parte del trabajo…?
—
Te veo a la
hora del almuerzo – sonreí, lo besé y salí de su oficina.
Cerré la puerta y mantuve mi
mano en la perilla largo rato, había un nudo en mi garganta, miraba el suelo
con una vista de perdición, de agonía y rendición. Cada día que pasaba me
gustaba más el sujeto que yacía dentro de esas cuatro paredes, sentado frente a
un escritorio revisando papeleo importante, designando trabajos a los cientos
de empleados de esta empresa; pero yo no podía caer rendida a sus pies como lo
podía hacer cualquiera, debía demostrarle que él me importaba y que yo no me
tomaba esto como un juego.
Es por eso mismo que la primera
vez que tuvimos relaciones sexuales en su oficina le dejé en claro que yo no
sería su perra, a la cual podía llamar cada vez que quisiera tener sexo; para
que fuera algo serio debía enfrentarlo con todos los que trabajamos, sí, debía
hacer una declaración pública frente a sus empleados de que yo y él éramos
novios. Pero como nunca ha tenido el valor, nuestra relación es neutra, por
mucho que me doliera admitirlo.
Siempre que salía por las
noches con cualquier excusa para ir a un bar o a una fiesta y me preguntaban si
tenía novio, demoraba minutos en responder pensando en aquel sujeto ¿Qué éramos
en verdad? Pues ni yo lo sabía, y mi respuesta era un simple “no, estoy
soltera”.
—
Ya es hora
del almuerzo – dije sin mucho ánimo.
—
Ya voy,
aguarda unos segundos – dijo sin mirarme.
—
Si quieres
puedo ir a comer sola, no me molesta si estás ocupado.
—
No – me miró
– Nada de eso, ya acabé – sonrió.
—
Está bien –
reí un poco.
Dejó su pluma rápidamente y se
puso de pie, tomó su abrigo y me tomó de la mano, sonreí otro poco y salimos de
la oficina, él se colocó sus gafas de sol, le gustaba usarlas.
Tomamos el elevador y salimos
del edificio en dirección al centro, caminamos, tomar un taxi era perder el
tiempo, él sabía eso.
—
¿Qué quieres
comer?
—
No sé, tengo
antojo de sushi – sonreí.
—
Entonces
vamos por él.
Apretó mi mano con fuerza y me
hizo caminar más rápido para seguirlo, reía como un niño haciendo una travesura
y eso me encantaba; me ponía feliz verlo disfrutar ya que pasaba serio en esa
fea y oscura oficina, verlo en esta faceta era un verdadero privilegio, al
menos… para mí.
Corrimos por toda la avenida
principal, junto a los autos que estaban atascados por el tráfico horrible de
esta hora, sentía como la brisa corría entre mis cabellos tintos al viento,
mientras mi mano seguía sujeta a la mano de Chris, él seguía riendo cuando me
hacía correr tras él, era inevitable no hacerlo, estaba jalando de mi mano.
Se detuvo en una esquina, creo
que era la calle Western, me atracó a él con fuerza y me tomó el rostro para
besarme con una lujuria asombrosa. Por primera vez no le importaba que la gente
nos mirara, bueno más que nada a él, Chris era el famoso y conocido empresario,
yo era simplemente una secretaria de alto rango, una anónima para el mundo.
Podía sentir como su fuego
comenzaba a encenderse, como todo se volvía maravilloso, podía respirar en paz,
con calma, sin importar lo que el resto dijera, sin importar las tonterías que
yo antes pensaba de este hombre… realmente me sentía como una tonta enamorada.
—
Te amo –
dijo luego del beso.
—
¿Qué…?
—
Te amo –
sonrió emocionado.
—
¿Qué…? –
repetí.
—
¿Estás
sorda?
—
No, es que
me gusta escucharlo – sonreí.
—
Pues lo
vuelvo a decir… te amo Lu.
El compás que deleitó a mis
oídos, suplicaba tanto el día en que se decidiera a gritarlo de una vez. No
sabía que decir en ese preciso momento, quería besarlo tanto, desnudarlo y ya
sabe, hacerlo mío. Pero por otro lado quería estar cuerda y segura para poder
decirle que yo también lo amaba, pero mi voz no salía, mi actitud de mujer fría
y calculadora aparecía instantáneamente, no podía controlarlo.
—
Ven, vamos a
comer – dijo aún sonriente, tomando mi mano una vez más.
—
Vale… – dije
tímida.
Pareciera que él no esperaba la respuesta por mi parte, como si en verdad su emoción fuera más poderosa en este momento. Eso me hizo sentir genial, de maravilla. Al no sentirme presionada las cosas podían ir bien después de todo ¿o no? Y si me equivoco, solo el tiempo lo dirá, más que mal él es mi jefe.
Entramos al restaurante de
comida china, nos arrodillamos en una de las mesas y pedimos sushi y unas
cuantas otras delicias que allí servían, comimos como cerdos, pero disfrutando
de la compañía del otro.
—
¿Tienes que
hacer algo el fin de semana?
—
Si, tengo
planes con Martha – mentí.
—
Oh… ¿y
tienes algún día libre? – levantó las cejas.
—
¿Por qué? –
me hice la interesante.
—
Para
invitarte a casa, a cenar conmigo y Liam, una cena para la familia – sonrió.
—
Vaya, que
honor – me conmoví y pensé – La única noche libre… es hoy – volví a mentir.
Claro que era mentira, yo tengo
libre casi todas las noches, no tengo mucho que hacer, excepto preocuparme por
mi pequeña Alice, ella era mi única preocupación en casa, por la única que
volvía a casa.
Así que tal vez me daría el
lujo de probarlo, si decía que hoy podía ir a su casa, pues es que en verdad el
sujeto va en serio, si dice que no puede… al demonio, me volveré más perra aún
con él.
Lo miré largo rato, suplicando
a mis adentros para que pidiera esta noche mi compañía.
—
Bueno… ¿A
que hora te paso a buscar?
—
¿Hablas en
serio? – reí.
—
¿Qué? ¿No
quieres ir? – rió.
—
Claro que
quiero ir, solo que no esperaba a que accedieras…
—
¿Por qué no
lo haría? Es una cena en mi casa, sería un placer que fueras.
—
Pues
entonces déjame llegar sola, quiero que te pongas lindo para mí esta noche – sonreí.
—
Lo mismo te
digo a ti, le diré a Liam que lleve a alguien para que nos deje solos ¿te
molesta?
—
No, claro
que no, al contrario, así aprovecho de conocer a la chica de la que tanto te ha
contado, como una cita doble – reí.
—
Espera que
le llamo.
Seguí comiendo mientras tomó su
móvil y marcó el número de su hermano para llamarle, hablaron como diez minutos
entre risas y conversación. Cuando cortó sonrío
mirando mientras yo seguía comiendo, levanté las cejas para saber que
había respondido su hermano.
—
Dijo que
hablará con ella para ver si quería ir…
—
¿Va en serio
con la chica? – reí.
—
No lo sé, él
es el capitán del equipo y las mujeres van y vienen, pero desde hace tiempo que
habla de una chica que jamás he conocido, no para de hablar de ella y lo tiene
como loco ¿sabes? Pero hay días en que anda deprimido como una nena, supongo
que debe haber peleado con ella o algo así…
—
El otro día
quería hablar de ella… pero jamás acabo el tema.
—
¿Qué otro
día? – se extrañó.
—
Pues… cuando
fue a tu oficina, habló conmigo un poco antes de salir – mentí.
—
¿Qué te
dijo?
—
Quería saber
mi opinión sobre no sé que cosa… Ya se hace tarde – miré mi reloj.
Asintió, pagó la cuenta y
salimos de allí con un aire un poco incómodo, acababa de arruinarlo todo, Chris
no es tonto, sabía que mentía sobre su hermano ¡Pero que idiota fui! Porque no
pude medir mis palabras, pensar antes de lanzarlas sobre la mesa.
Pero eso no bastó para que él
tomase mi mano, seguíamos unidos por los dedos entre el aire frío que nos
atormentaba, Charlamos durante el camino sobre cosas sin sentido, las noticias,
el trabajo, las compañías, la cena de esta noche… había un lindo panorama.
Entramos en la oficina y me
soltó la mano, tal vez por temor a que nos vieran juntos como algo más, lo que
me hizo sentirme un poco mal. Pasó la tarde de trabajo hasta el horario de
salida que ese día había sido más corto.
Volví a casa para vestirme
linda con un vestido ajustado negro, con un escote pronunciado pero no vulgar,
arreglé mi cabello ondulado y me maquillé como una linda chica, delineador
suave, sombra clara y un labial denso y pasional. Tomé mi cartera, acaricié a
Alice y volví a llenar su plato con comida y agua, tomé un abrigo y me marché,
abordé el deportivo, puse un poco de música electrónica para calmar mis nervios
y activar mis hormonas un poco más.
Aceleré lo más que pude, quería
llegar pronto, estaba muy ansiosa… en serio. Estacioné el auto afuera del
condominio, le di mis llaves al encargado y se lo llevó al estacionamiento de
la gran mansión Hemsworth; caminé lento, sensual y calmada. Antes de que
pudiera tocar el timbre una empleada me abrió y sonriente me hizo pasar, asentí
amable y me maravillé con la gran casa que mi jefe tenía a su disposición.
—
Bienvenida
dulce dama – sonreía mientras se acercaba.
—
Pero que
sensual te ves – reí nerviosa.
Nos besamos, me hizo pasar al
comedor donde la cena estaba servida, frente a mí estaba Liam con la cabeza
gacha, dolido porque la chica no quiso ir por una pelea que habían tenido.
Chris me pidió que no tocase el tema ya que no quería que su hermano se
sintiera mal, y preferí obedecer, me llevaba bien con el pequeño hermano de
Chris, no quería que él comenzara a molestarse conmigo por ser tan inoportuna.
Pasamos la noche comiendo allí,
riendo y conversando sobre muchas cosas, con el rubio decidimos subir a su
cuarto para divertirnos más íntimamente, desnudarnos, acariciarnos y esas cosas
que se hacen un hombre y una mujer.
Nuestras entrepiernas se amaban
como ninguna otra, se acariciaban, se hacían una entre placer y amor. Hemsworth
acariciaba mis piernas, mis nalgas y mi espalda mientras me penetraba
dulcemente, suspirando en mi cuello mientras yo gemía como una loca apasionada.
Acabo el acto entre un mar de
lujuria y pasión, besos y gritos, gemidos y respiraciones aceleradas que nos
transportaban a un mundo mejor. Su cuerpo fue cubierto por sábanas de seda
negra, al igual que yo, se recostó y acarició mis cabellos con delicadeza.
—
Mañana será
un día especial…
—
¿Por qué? –
dije sin entender.
—
En la
oficina sabrán todos lo que hay entre nosotros – sonrió agotado.
—
¿Lo harás…?
—
Yo te amo
Lu, y quiero que todos lo sepan, no quiero cometer más errores, de verdad.
Sonreí una vez más, mi pecho
rogaba para que al fin salieran las palabras mágicas por entre mis labios, pero
no lo haría hasta ver hecho su promesa de presentarme frente a todos como su
novia, tan solo allí, yo le diría que estaba enamorada de él, desde quien sabe cuando…
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